Antes de seguir, tendría que explicar qué era un InReach. Digo "era" aunque sigue existiendo, pero eclipsado por tecnologías más modernas. Es un aparatito para mandar mensajes satelitales cuando no hay señal de celular. Vos ahora escuchás "satelital" y pensás en internet, videollamadas, subir una story desde el medio del océano. Pero hasta hace nada —menos de un año— no estaba Starlink arriba de todos los barcos. Cruzar un océano significaba desaparecer.
WhatsApp no cruzaba con vos. El InReach era otra cosa. Permitía mandar mensajes de texto, ciento cuarenta caracteres, como un Twitter privado. Cuando llegaba uno hacía un silbido agudo, el canto electrónico de un pajarito. Y ese sonido, para un navegante que lleva días viendo el mismo horizonte y las mismas caras, era una de las grandes felicidades disponibles.
Era noviembre y acabábamos de llegar a Marina Mindelo, en Cabo Verde, África. Ya llevábamos tres semanas navegando desde Galicia hasta ahí y el próximo destino era Brasil, es decir, un océano de por medio. Las marinas suelen ser un espacio de libertinaje para los irreverentes del matrimonio. Siempre hay un bar por la vuelta, y como hay uno solo, todos sabemos dónde encontrarnos. Especialmente cuando el pronóstico no es favorable para cruzar el océano esa semana y las amarras comienzan a inquietar a las almas itinerantes que ya están listas para zarpar. El café del puerto se había convertido en el lobby por excelencia y las duchas, junto a la fila de la oficina, eran escenarios versátiles para conocer y desconocer a los otros navegantes. La gente se pone linda hasta para tirar la basura, con todo lo que eso puede significar para la vida a bordo. En un barco uno puede pasar semanas usando la misma remera salada, pero en puerto aparecen vestidos, perfumes, camisas planchadas. Es increíble lo poco que necesita el cuerpo para volver a acordarse de que existe.
Estaba haciendo la fila para pagar una noche más de amarra cuando sentí una mano en el hombro.
—Vos sos Quetu.
Lo dijo con tanta seguridad que por un segundo dudé. Le pregunté quién era y me nombró a un par de navegantes uruguayos. En Uruguay existe la teoría de que cualquier persona conoce al amigo de un amigo tuyo. Es estadística pura. Además, tampoco éramos tantos rioplatenses cruzando el Atlántico. No le dije nada, pero yo venía siguiendo el movimiento de su barco por AIS, ese sistema que usamos para mirar dónde están los demás barcos y que, bien usado, sirve para evitar colisiones. Mal usado, sirve para stalkear desconocidos.
Le pregunté esas cosas que se preguntan para quedar bien: qué pronóstico les había tocado, si tenían tal o cual equipamiento a bordo, esas cosas. Lo único que retuve fue que no tenían Starlink, solo InReach.
Volví a cruzarlo casi todos los días. En el muelle, en el café, en la ducha, en el supermercado. No sentía nada raro, apenas esa simpatía que aparece cuando encontrás a un compatriota que está haciendo el mismo viaje imposible que vos. Cuando finalmente se abrió una ventana meteorológica para salir, nos despedimos como se despiden los navegantes: con la sospecha de que probablemente no vuelvas a ver al otro nunca más.
—Pasame tu InReach —me dijo.
Me causó gracia. No me estaba pidiendo el teléfono: me estaba pidiendo el aparato por el que cada mensaje sale plata. El InReach tiene distintos planes; en algunos pagás por mensaje y en otros tenés una cantidad ilimitada. O sea, para escribirme había que invertir. El romanticismo del siglo XIX eran las cartas perfumadas; el del Atlántico Norte era calcular si la otra persona merecía diez caracteres más.
Pasaron cinco días hasta que una tarde, mientras practicaba el difícil ejercicio de dormirme, escuché el silbido. En otro viaje no me hubiera sorprendido, porque usaba el sistema de mensajería con frecuencia, pero esta vez solo mi mamá sabía que tendría el InReach prendido, y él. Miré la pantalla. La libido que te despierta ese silbido es irrenunciable. "Vnimos 20mn arriba d uds. Ya agarrarn ls alisios?", decía el mensaje. No sé con qué criterio el aparato decide recortar determinadas letras para que entren los caracteres, pero se va formando otro lenguaje. Uno más preciso, sin decir demasiado. ¿Quién necesita más que esa dosis de conversación diaria? Y empezó a fluir. Todos los días aparecía ese silbidito.
"5PM delfines."
"Qdamos atrás x falla en motor."
"Ya agarrarn ls alisios?"
"Acá llueve."
"El q llega 1ro a Noronha invita las birras."
El resultado era un idioma nuevo. Un castellano oceánico. Sin artículos, casi sin vocales, sin espacio para la solemnidad. Y, curiosamente, en esa poda las palabras empezaban a decir más.
Día tras día esos mensajes diminutos me acompañaban. Me hacían sonreír. Eran una especie de caricia desde otro barco perdido en el mismo desierto de agua. Alguien que también estaba viendo el mismo atardecer, los mismos alisios, la misma luna. Alguien que, en algún momento del día, había pensado en gastar caracteres conmigo. Y de a poco se fue armando una rutina. Un "¿Cómo vienen?" , "Todo bien x ahí?" me acariciaban el alma en horizontes tan hostiles, tan monótonos, tan carentes de amor. La cara de los tripulantes, con el correr de los días, se va derritiendo. Los gestos se dibujan hacia abajo. En el mar se considera una virtud no hablar demasiado. Es como si los imanes se fueran rechazando unos a otros; eso pasa con la tripulación de un barco. En la tercera semana ya no querés ver a nadie.Y, en esa atmósfera tan distante, tan silenciosa, tan vacía, la ilusión de un amor abstracto le da sentido a tus sentidos. Así se siente cada mensaje, cada palabra, cada oportunidad de florecer: te cachetea, te recuerda que todavía podés sentir.
Yo salía de mi camarote con la máscara desmuecada, arrastrando los pies para estar a tono con mi tripulación, sin que ellos supieran que, en secreto, sonreía esperando ese silbido. A veces pasaban uno o dos días sin respuesta, y sacaba el aparato a cielo abierto, como si el problema fuera de señal y no de ansiedad. Lo levantaba, le buscaba horizonte. Y, de pronto: priiiip.
Pensaba que quería ser eso: un ser abstracto, diáfano, que solo emitiera conversaciones en ciento cuarenta caracteres. Era lo que mejor me representaba. Me evitaba decir boludeces, me obligaba a recortar lo justo. El ser inteligente, atractivo, sugerente, es el que habla poco. Al hablar mucho pasan cosas raras; uno se desnaturaliza. Porque cuando estamos solos no hablamos, y así queremos ser. No seres atravesados por las emociones, vomitando pensamientos intrascendentes o demostrando frivolidades.Por eso me convertí en el amor de InReach perfecto. Yo estaba enamorada de mí misma, y él también. Y yo de él, también. Nuestros mensajes matcheaban en el éter para crear una tercera entidad, un amor volátil. De a ratos pensaba que esa energía no era más que mi libido intentando representarse en algo o en alguien. Pero prefería no pensar demasiado en eso. Elegía creer que él también tenía la necesidad de depositar un poco de amor en alguna parte y que, por una casualidad cósmica, yo estaba ahí para recibirlo. O, mejor dicho, mi yo de ciento cuarenta caracteres.