14 Jun
14Jun

Viento. Para un meteorólogo es una masa de aire que se mueve de un lado al otro por diferencias de presión. Para una persona normal, es el que te vuela las servilletas cuando recién trajeron la pizza.

Pero para los que navegamos el viento es otra cosa. Es la sangre que bombea el corazón del mundo. Es el motor, el combustible, el socio y el enemigo. Es lo que te lleva y lo que te deja tirado. Lo que te hace sentir más vivo y lo que, cada tanto, te recuerda que también te podés morir. Supongo que por eso nos gusta tanto.

Y la verdad es que nos gusta de una manera medio ridícula, medio amorodio. Lo llevamos colgado de un llavero con forma de ancla, en las remeras de las regatas, como si fuera un lugar de pertenencia; 'Él navega, como yo.' Nos emocionamos viendo un barco escorando y somos capaces de discutir durante media hora si está bien trimada la mayor o si se puede mejorar la forma de la vela. 

La pasión es eso. Agarrar un fenómeno perfectamente normal, una masa de aire que se desplaza de un lado a otro, y convertirlo en el centro emocional de tu existencia. 

No importa cómo navegues ni tampoco hace cuánto tiempo lo hagas, si es en barco chico, barco grande, de competición, de paseo, si se trata de un capricho del momento, o de “me sobraban unos pesos y me compré un barco”, si hay intenciones de cruzar el océano o hechos consumados de dar la vuelta al mundo. Todo aquel ser humano -o intento de ser humano- que se suba a un barco buscando la dicha de vivir, se estremece al escuchar una palabra tan cotidiana como esta: viento. 'Sopla.' Los pelos de la piel se erizan intentando retener el aire que necesitaremos cuando el barco esté listo, cuando la mayor esté izada y todo esté preparado para embolsar aquel paño que será la hoja en blanco donde comenzará a escribir su historia ese ciudadano que encontró el camino a la felicidad; el navegante. 


No importa a dónde vayamos realmente y tampoco importa con quien, el hombre busca y halla explicaciones racionales a sus aventuras como para justificarlas y mostrarlas como necesarias. "Tengo que probar este barco", "van tales personas", "hace meses que no navego", "hoy está espectacular para cruzar a la isla". Como si hubiera que presentar un expediente para salir de casa.

Pero la verdad es otra. La pulsión secreta es estar ahí, sentado en ese cockpit incómodo, con el culo mojado y una botella de agua tibia chupeteada por todos rodando por la cubierta. Tener una mano en la rueda y sentir que, por algún misterio físico o espiritual, el timón termina siendo una prolongación del cuerpo. O peor, otras veces las excusas son para terminar colgado en la banda de algún barco que poco importa, corriendo una regata que nadie conoce, para intentar ganar un premio que, con suerte, terminará como pisapapeles en el escritorio.

 Creo que navegamos por eso. Porque durante unas horas el mundo se simplifica. Todo lo que en tierra parece importante queda reducido a una sola pregunta: ¿de dónde viene el viento y qué hacemos con él? . 

El corazón tiene razones que la propia razón no entiende, pero el navegante las entendió desde el primer día que cazó una escota y se le llenaron los ojos de lágrimas. Le miente a la familia, le dice que sale con los amigos. No hay plata para el colegio del nene pero le compramos velas nuevas, cabos nuevos, repintamos el barniz, cambiamos el cosito del coso que estaba viejo, la jarcia, el tangón de carbono, ¿Y si achicamos la mayor un poco para mejorar el rating? 
Y eso que aún no mencioné la estupidez que brota de nosotros mismos a la hora de ponernos exigentes, de querer que cada detalle de nuestro barco sea perfecto, así sea un cacharro viejo y abandonado. 

El navegante deposita en su embarcación su ideal erótico, la representación mental de su media naranja que no encuentra en el mundo real. Pero con una diferencia, -y aquí yace el éxito de la empresa- el propietario sabe que su embarcación no viene con reproches, que sus necesidades son genuinas y del mismo modo que cuida a un niño cuando le pide ayuda, del mismo modo lo hace con su barco. Con el amor y el cariño que uno puede darle a ese ser inocente y mudo que existe tan solo para ser artífice de nuestros momentos más felices. 

Es el tiempo que pasas con tu rosa lo que la hace tan importante. 


No hay en el mundo ninguna expresión más contundente de la felicidad que la navegación a vela. 


Porque el navegante ha encontrado su norte. Y es navegar. 


Esta es la historia de la mujer en la que me convertí desde que le encontré el sabor agridulce a los barcos. No fundan su expectativa en encontrar en estas páginas las palabras endiosadas de la experiencia, del valor que adquiere aquel que ha dado la vuelta el mundo en solitario, o ha ganado tal o cual competencia de renombre. Más pretendo que su gozo sea inherente a la búsqueda de la pasión, de la representación ideal de una vida rodeada de placeres accesibles y momentos dulces de saborear. Poder compartir algo tan puro, exclusivo y hermoso desde los ojos de una enamorada. 


Esta es la historia de una persona que no tiene nada de glorioso más que un simple sobresaliente, de una oveja negra como otra cualquiera.

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